Recoged a un perro muerto de hambre, engórdalo y no os morderá.
Esta es la diferencia más notable entre un perro y un hombre.


lunes, 27 de febrero de 2017

LO QUE MAS ME GUSTA DE TI




Lo que más me gusta de ti es la forma en que sonríes y tu risa estridente.
Tengo una extraña debilidad por tu triste y delgada figura que me recuerda al Quijote que ansío encontrar.
He visto en ti demasiada tristeza y un vacío profundo, chispas sin control que se traducen como rabia pero tambíén algo de amor y complicidad.
Como en aquella foto en que sonreímos con la misma tonta mueca y cada quien con sus ojos enamorados que parecen los mismos.

¿Te acuerdas de esa tarde del 8 de agosto?
Discutíamos en el auto mientras caía una tormenta.
Dijiste que un "patán" como tú  no valía la pena, pero yo te respondí que para mi valías todo.
Por fin corrimos a la casa donde nos esperaban y mientras los demás salieron por algo de alcohol, me senté frente a tí, en tus piernas y nos dimos un largo beso...

Me hiciste saber que si lo nuestro tenía consecuencias, tu serías el hombre más feliz y yo en el fondo deseaba poder cumplir tu deseo.
Ese fue un gran día. El único que tuvimos, aunque a medias.

Yo te he querido a pesar del olvido, de las locuras, de la desconfianza, de la indiferencia.
Te quiero a pesar de compartirte y a pesar de que sabes que un día yo me iré corriendo y te dejaré destrozado.
Te querré a lo mejor un poquito (solo un poquito) menos de lo que me quiero a mi.
Y te admiro siempre, porque a pesar de todo y de todos, te quieres demasiado... Eso es también, lo que más me gusta de ti...

martes, 22 de noviembre de 2016

Nuestras Posibilidades




Era Viernes. El primero de la temporada invernal.

Hacía frío y llovía; llegaba a nuestra cita pero la mesa de siempre estaba ocupada y el sitio atestado de gente escandalosa.

Tú no podrías tocar en el lugar habitual y yo tenía pocas esperanzas de ocupar "mi" mesa.

Al verme entrar, el encargado puso natural cara de asombro y seguro pensó para si: 

¡Lo que me faltaba! 

A pesar de ello, me ofreció una cerveza, una sonrisa y me invito a sentarme en la mesita de espera, diciendo amablemente:

¡Ahora lo resolvemos!

Apenas pasaron unos minutos, cuando apareciste con tu habitual sonrisa, (amo esa carita de borrego que pones a veces) me saludaste con un beso largo y te sacaste de la bolsa del pantalón: un chicloso deformado y un dulce de uva, (de los acuario). 

Solo atinaste a decir: ¡Elige!

Luego, volteaste y solo alcancé a escuchar como le susurrabas al mesero: "¡Te encargo por favor que acomodes a mi novia!"

No te diste cuenta, (sueles ser algo despistado o al menos pretender serlo) pero el camarero puso ojos de plato, y a pesar de haberlo visto todo entre nosotros, nunca espero que usaras la palabra mágica: "novia."

Después de un ratito, los acomodaron a ustedes y a mi en una incómoda mesa, pero mirando frente a ti.
Iba sola, pero tuve de acompañante a una linda palmera (ubicada en el centro del restaurante), que de vez en cuando me susurraba cosas al oído y me hacía cosquillas en el cuello como queriendo llamar mi atención.

¡Es lo que tiene estar tan loca y conversar hasta con las plantas!

¿Es difícil sentarse sola al centro de un restaurante? Si, lo es. La gente te mira como bicho raro, no falta el que pasa por ahí deseando no ir acompañado.

¿Lo bonito?  Saber que en realidad, no estás sola y que el séquito de personas que trabajan ahí se esfuerzan por cuidarte. Es casi como ser una reyna. Todo te admiran, pero nadie te toca.

Cuando comenzó la música,  nuevamente me sentí en otra dimensión. Sé que lo mismo te sucede.

De pronto, estamos ahí, en linea directa intercambiando todo clase de sensaciones, pero a la vez, la gente del exterior se manifiesta.

Detrás de mi, una pareja ligoteaba. Ella se hacía la interesante con frases muy hechas y él hablaba de ustedes. Hasta supe con qué canción intentaría quedar bien.

Delante de mí, había otra pareja ya más senior, pagaban la cuenta. Él, se estaba terminado un café expresso para bajarse  la borrachera, mientras tarareaba a Phill Collins: "It just another day, for you and me, and paradise".

Todavía le quedaba una caballito de tequila, que no estaba dispuesto a desperdiciar, como tampoco la oportunidad de pedir "una rola".

Cuando por fin se marcharon, el  intentó salir del lugar  por el lado contrario.  Tú no te diste cuenta, porque justo en ese instante estabas ocupado encendiendo un cigarrillo y tratando de acomodarlo en tu sitio preferido: en la guitarra.

A mi lado izquierdo, había otra pareja que pasaba de todo; solo se miraban el uno al otro, ella fumaba luego el fumaba, ella pedía un vino, luego el pedía otro. Parecían solo estar encapsulados en su realidad.

A mi lado derecho, los protagonistas eran 6 hombres y una (para nada tímida) mujer que parecía controlarlos. 

Cada vez que ella se iba al baño, unos se ponían a cantar y  otros aprovechaban para hacer una broma de pésimo gusto o mostrarse memes de "tetas y nalgas". 
En medio de estas demostraciones, llego la segunda amiga, y acabo por poner orden a los machos de cantina.

De vez en cuando, ojeaban a mi mesa; tal vez sintiendo lástima o desconfianza de que una chica como yo, estuviera solita en una taberna escuchando música y bebiendo cerveza obscura o ambar.

La curiosidad se les pasó cuando tras el primer set, te fuiste a sentar a mi lado.

Finalmente, hablando de nosotros...
 Los natural es hacernos gestos entra canción y canción, intercambiar  miradas y ver lo que sucede en en la TV: como ver la invasión de suricatos en un campo de golf.

Por mi parte me distraje y perdí la cuenta de los cigarros que se consumen en tu guitarra sin pena ni gloria.

En algún punto de la noche, simplemente me pregunté: ¿Qué estoy haciendo aquí?

Es obvio que estoy por ti.

Por que desde el día que nos vimos por primera vez, algo pasó. Llegaste, armaste todo como de costumbre y te pusiste a tocar.

Yo, pude haberme quedado como el resto que está y solo sigue a lo que va, solo sigue a lo que hay.

Pero, en un momento, nuestras miradas se encontraron y algo superior decidió gestar una nueva posibilidad. Sin palabras de por medio.

Las posibilidades de que un jueves te encontrara tocando "a un minuto de ti" son muchas. Enamorarme de ti era más bien remoto, quizá hasta ingenuo. Que te pasara lo mismo puede resultar hasta absurdo.

Por alguna razón, no fue así.

Me siento afortunada. 
Encontrar el amor en lo cotidiano, tras tanto dolor, es algo que solo tú podrías conseguir.

No sé realmente si logremos romper con lo más complejo de la vida, pero esas son nuestras posibilidades.

 ¡Así de grande eres!


Ldf.

lunes, 17 de octubre de 2016

ESQUIRLAS DE MIEDO





¿Tienes miedo de morir?
No, 
¿Cuantas veces te has preguntado lo mismo en sueños?


Apenas hace poco tiempo, sentía mucho temor respecto a la muerte.
 Un día comprendí que en realidad no mueres, solo continúas de otra forma el viaje.

En teoría, dejas de temer a la muerte, pero entonces surgen otros miedos. Temores  que como las olas del océano, no sabes donde comienzan o donde terminan; que aunque parezcan reales, no son del todo tuyos.

Eso del amor es realmente complicado.

El proceso puede ser lento, tedioso, antiguo, inclusive, puede venir de otros momentos, de otras vidas. Todo parece estar conectado.

Comenzamos el día con un "te necesito," con una promesa de cariño, con un si quiero fluido y sin resistencia. Miradas entrecruzadas, manos entrelazadas y nuestra dosis habitual de no saber que hacer y complicarlo todo porque de lo contrario no seríamos nosotros.

Luego, en el instante más oscuro de la noche comenzó lo que he llamado "un poco de tu muerte"

Justo después del placer suele venir el dolor. En esta caso la náuseas,  el mareo;  escalofríos y hasta un poco de sangre.

Yo invocaba a los ángeles, porque me sentía morir contigo.

Como pude, contuve el oleaje.
En teoría,  ya no tenía miedo de mi muerte, sino de la tuya: ¿Y si me equivocaba?

Eran las 4 a.m cuando te deje en la que según es tu casa. Te miré por el retrovisor pensado: Otra vez he tenido que abandonarlo. Detrás de mi se quedaba un ángel ¿caído?

La carretera estaba llena de neblina, era sombría, turbia.  Solo pude ver a un perro triste husmeando en las orillas.
El aire esta impregnado de estelas de combustible quemado y lluvia oxidada.

Por mi parte, mi alma olía a cigarro, alcohol y sexo. Mi corazón se desvelaba entre sueños y promesas no cumplidas. Mi cabeza pensaba en sangre, dolores de estómago, nauseas y zumbidos taladrantes.

La desviación que me lleva a casa era más espesa e impenetrable que de costumbre, la densa niebla parecía conducirme a las entrañas de la tierra.
En ese momento contacté con Miguel (arcángel) le pedí que alumbrase mi camino, que cortara todo lazo de dolor y que me hiciera invisible al transitar por el abismo. También le pedí que mantuviera  alejados a los dragones que quieren devorarte con sus luces.

¿Como no tener miedo?

Pero ellos siempre responden...

Aquella noche mortal se transformó. Al llegar a casa solo encontré algunos restos que llamé esquirlas de miedo.

Por hoy terminó.


Ldf

Imagen: Michael by Carlos Quevedo.





miércoles, 8 de junio de 2016

EL AMOR ES ETERNO

Estábamos ahí, con todo dispuesto para hacer del amor lo que quisiéramos; pero ninguno quería hacer gran cosa.

 Solo necesitábamos descansar. 

Entonces, me tumbé en la cama boca abajo y tú hiciste lo mismo. Curiosa manía que tenemos en común.
Nos miramos y cuando la inspección mutua se tornó profunda, yo cerré los ojos; tú, preso de la melomanía que padeces, seleccionaste una de las infinitas listas de reproducción y le diste play en alguno de los tantos dispositivos electrónicos que nos rodeaban.

¡Y yo que no tolero ni la música para dormir!
Pero te lo consentí, como uno de los tantos gestos de cariño que me permito contigo.

Te acurrucaste más cerca de mí y entre tanta oscilación abrí de nuevo los ojos. Solté la mirada 43; si, esa de: "por favor quédate quieto"

Solo te reíste con ese risa tonta qué tienes cuando pretendes fingir seguridad...

Luego, tomaste mi mano en una extraña torsión, hasta que conseguiste entrelazar nuestras falanges.  La mueca tonta cambió y como si un ser ajeno a nosotros te guiara, esbozaste la siguiente frase: vamos a estar juntos siempre... 

Hubo un breve silencio y un nuevo intercambio de miradas;  después, ambos nos reímos por lo cursi del momento, pero ninguno separo las manos. 

Solo recuerdo haber caído en un profundo sueño y fue como nos quedamos juntos, entrelazados en lo eterno.

LdF.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Viaje España 2013.2014



De España, tengo que decir que es como mi segunda patria, por múltiples razones, pero este viaje de las navidades de 2013-2014 tenía  un aire distinto.

Sería la tercera vez que visitaría España y, aunque en nuestros planes (de Antonio  y míos) estaba realizar este viaje ya como “espositos”,  al día de hoy seguimos de novios…  Eso si, comprometidos y felices por haber tenido esta oportunidad de tener una especie de luna de miel.

Así es cada viaje que realizamos juntos. Te quiero, Bicho.

28 de Diciembre de 2013.
Después de 10 horas de vuelo llegamos a Madrid. La odiosa terminal T4 nos espera, pero la llegada no es tan odiosa y tan triste como el regreso; siempre suele ser así.
El tren del conductor fantasma nos espera y nos encontramos ilusionados. Antonio, después de 6 meses, vuelve a casa (con un breve  intervalo de un mes) y yo tengo la ilusión de volver a ver Madrid.
Son casi las 3 de la tarde y hace un sol hermoso y, aunque es poco el frío, (comparado con lo que esperaba) de cualquier manera cala los huesos.
Mientras, vamos en el autobús en dirección a casa de los padres de Antonio, cerca de la calle de O’Donnell, nuestra parada. Miramos por la ventana el pueblo de Barajas y vamos por la M-40 respirando de ese aire que tiene Madrid.
Y aquí sí que aplica que una mexicana lo diga: Madrid, Madrid, Madrid…  en México se piensa mucho en ti.
Debo confesar que, después de dos viajes de turismo profundo por Madrid, en esta ocasión insistí y Antonio complaciente accedió (cómo lo es casi siempre que se encuentra relajado) en realizar un turismo diferente, pues entre mis nuevos intereses esta el comercio ecológico. Así que nos dimos a la tarea de visitar muchas tiendas orgánicas y mercados locales. No hay nada que me guste más, últimamente, que conocer los rituales del comercio local. Antonio me recuerda que se quedó prendado del cronista municipal de Querétaro el día que le expresó, en una frase, cómo se descubren las ciudades: “Primero visita el templo mayor, luego el mercado y, después, una cantina” (aquí son bares o cafeterías)

Fuimos al mercado de Las Ventas, el cual me dejo gratamente sorprendida por su limpieza y amplitud de pasillos, aún cuando muchos dicen que es de los más cutres.
La dinámica que se maneja dentro del mercado es totalmente distinta a lo que yo conocía: la gente, amablemente, espera su turno y las dependientas o marchantas andan a todo jaleo  poniendo los pedidos de muy buen humor.

Fuertes y torneados antebrazos de tanto despachar es lo que más abunda, y para mí era un paraíso: Fresas, frambuesas, grosellas, cerezas, persimón, zanahorias (con todo y hojitas), remolachas relucientes y pepinos, a simple vista recién cosechados (no pepinos alienígenos de 2 metros cómo los que, a veces, puedo encontrar en el súper). Y nada como ir revisando todo el mercado y haciendo memoria para encontrar el mejor precio en cada uno de sus puestos.

Carne, no tanta como la variedad de embutidos, pero son las pescaderías las que te dejan alucinada, aún estando en plena ciudad, alejada de las costas. Si eso era ahí, ya me estaba imaginando los mercados cercanos al mar.

Para nosotros los mexicanos, que conocemos al camarón como camarón y cualquiera que se le parezca lo es, en España, por el contrario, hay que aprender la diferencia entre camarones, gambas, carabineros, langostinos, cigalas y no sé cuantos más. Mientras que en  México hay que dejar el ojo empeñado por un buen trozo de salmón o bacalao, en España, prácticamente te lo regalan (si lo comparamos, claro está)
Todo me parecía interesante como experiencia cultural hasta que llegamos al puesto más fresco del mercado, donde las langostas están vivas en una pecera y los cangrejos mueven las pinzas y los ojos, luchando en el hielo y tratando de huir del destino que les espera.

Después de ver aquello, me eché para atrás y reflexioné en lo acostumbrados que estamos a mirar nuestro alimento, muerto o, ya con otra vista, listo para consumirse, aunque no significa que no haya tenido vida L
Me puse nerviosa y no quise seguir más. Recordé una promesa me que hice: “Jamás me comeré una langosta”

Persimones, grosellas, cerezas, zanahorias, apio, pepino, jengibre, limones y toronjas (que desaparecieron en algún sitio de nuestra bolsa) fue el resultado de la visita al mercado y mi desayuno de un par de días en forma de jugo.

La puerta de Alcalá, la Cibeles y la Puerta del Sol dejaron de brillar cuando apareció en la calle de Lista (creo, porque así la llamaban antes de ser José Ortega y Gasset) la frutería gourmet con berenjenas, calabacines, tomates de muchas especies y colores y mis favoritos: charolas de flores comestibles y anís estrella. También tenían unos aguacates increíblemente hermosos, aunque con pena debo decir (y quizá hasta con un dejo soberbio) que los españoles no saben hacer guacamole. ¿Por qué? Pues porque chiles fue lo único que nunca vi (fuera de una lata) y yo sé que no hay nada más triste para un mexicano en Europa que olvidarse del picante y el limón (no lima) Yo sin ellos, no  puedo vivir.

Así transcurrió esta vez Madrid para mí, envuelta en toda su majestuosidad, y me cobijó entre tiendas orgánicas donde venden algas kombu, una herbolaria con una amable doctora que supo recomendarme los probióticos adecuados para  superar mi indigestión posterior a la fiesta de la Nochevieja, tiendas tradicionales de frutos secos donde los kikos, avellanas, almendras y goji berries a granel, se convirtieron en parte de nuestros días; tés ayurvedicos, pasta de dientes sin flúor y pomada de caléndula para mi eccema nervioso posterior al viaje, después de que me robaron mis remedios y mis medicinas preventivas de la maleta (No soy hipocondríaca, sólo una virgo de viaje)

El día 1 de Enero partimos de Madrid rumbo a una aventura de más de 1,500 km., pero poco nos asustaba la distancia, cuando por más de tres años hemos roto la barrera de los 10,000 y un océano de por medio.
Era un día lluvioso y muy frío, triste para ser el primer día de año, pues en días pasados, aún amaneciendo a -2 grados, el sol brillaba, dando un poco de consuelo. Y, aunque no me gusta el calor demasiado, amo la luz del sol. Y Antonio también la ama: sino sale el sol se pone de malas… y es que a su novia le cuesta salir de la cama si no le cala la luz por la ventana… Quizá por eso, el primero de enero de 2014 todo se retrasó.
Dos horas más tarde de lo previsto, emprendimos el viaje rumbo a Alicante. Dejábamos un lluvioso Madrid con la ilusión de encontrar un clima más benévolo para los siguientes días de invierno y así fue.

Castilla-La Mancha nos esperaba, hasta llegar a la Comunidad Valenciana. Nuestra primera parada prevista era Cuenca y, aún con 2 horas de retraso, nos apegamos a nuestro programa de viaje.

CUENCA:

Recuerdo haber googleado los lugares que visitaríamos y Cuenca me pareció precioso, y vaya que lo es, pero aquella lluviosa primera tarde del año 2014 le daba un aire tétrico a la ciudad, perdida entre la niebla y sus murallas ancestrales.
Pero Cuenca es más que un estado climatológico: es una ciudad que te marca con en esa energía tan especial que tiene (y me dice Antonio que no conocimos la ”Ciudad encantada” ni la serranía en la que se refugiaron los maquis, los últimos resistentes al régimen franquista, donde todo se plaga de leyendas)

Sus calles, brutalmente estrechas, las casas colgadas, el Cristo perdido aquella tarde en la neblina,  las cuevas, el monasterio de las descalzas del siglo XVI, la catedral y alguna que otra iglesia derruida, abandonada al tiempo con algún santo roto en la portada, reducido a nido de palomas que te miran desafiantes…
Cuenca te hace retroceder y pensar si realmente quieres caminar entre alguno que otro callejón de imponente cuesta que marca el camino del vía crucis de Semana Santa o de serpenteantes formas que llevan a ningún lado.
Cuenca es medieval hasta los huesos y primitiva hasta la médula. No puedes evitar cerrar los ojos y pensar: “¿qué habrá pasado aquí?” Pero los abres de golpe cuando sientes el  sofoco que te provoca toda esa energía contenida en este impresionante lugar.
Así fue todo el trayecto hasta llegar a las ruinas del castillo del Siglo XIII.
Cuenca fue la ciudad más compleja del viaje, quieres estar ahí y temes estar ahí, más cuando la noche se viene encima.
Por el paseo nos encontramos con una familia, padre, madre, un bebe en el cochecito y dos hermanos: uno, de tal vez  10 años, y el siguiente de 8. La madre, un tiempo antes, al verme tomar una panorámica, me pidió que le hiciera una con su “móvil”. Asentí e hice la foto. Desde ese momento, el pequeño de 8 años me pareció muy inquieto y me quedó grabada su cara en la mente, porque, además, tenía una mirada especial. 

Hicimos el paseo prácticamente juntos, pues sin querer, seguían nuestro paso o nosotros el de ellos. De regreso al auto, caminábamos por la estrecha avenida principal de la ciudad antigua, que es de doble sentido: Nos volvimos a encontrar con la familia y seguimos sus pasos como si los escoltásemos involuntariamente.
El padre y el hijo mayor venían por nuestra acera, cuesta abajo, y la madre con el carrito del niño pequeño y el pequeño inquieto en la otra. No es que Cuenca estuviera muy transitada, en una lluviosa noche de Enero 1 de 2014, pero la madre esperó algo de tiempo hasta decidir cambiarse de acera con el cochecito del niño pequeño, y cuando encontró el momento preciso, lo hizo. Sin embargo, el  niño de la mirada inquieta no siguió los pasos de su madre, sino que se quedó al otro lado. Su pretexto era: “quiero mirar la entrada hacia las cuevas”

Con toda esa energía que había dejado Cuenca en mi corazón sólo me vino un pensamiento a la mente:
“Por favor, que no se le ocurra al niño cruzarse la calle”
Yo, desde la acera de enfrente, lo miraba fijamente y me repetía el mismo pensamiento…

“Por favor, que no se le ocurra al niño cruzarse la calle”

De pronto, cómo en un “slow motion”, miré que el niño volteó para mirar si no venía coche y soltó una carrera, pero olvidó, o desconocía, que la calle era doble sentido y nosotros, que veníamos en la acera del contrario al suyo, pudimos ver de frente al coche que lo embestiría.

La madre gritó histéricamente: “Noooo”, pero el niño estaba a más de media calle. Todo fue tan lento y tan rápido a la vez, que no me quedé pasmada nuevamente sin poder dar paso.
Mientras miraba la inminente trayectoria de colisión entre el niño y el auto, pensaba en lo que vendría después: recordaba su mirada, su inquietud por mirar la foto que le había tomado, pensaba que lo que era un simple paseo de un día festivo se convertiría en una tragedia; imaginaba nuestro viaje frustrado, socorriendo a aquella familia, y temía el tener que mirar al niño con los ojos inmóviles.

Todo ello fue en milésimas de segundo. Si acaso, un parpadeo congelado de mi estupor y el de Antonio, que prestaba más atención al estado de shock del conductor, cuando vimos que el coche logró frenar y el niño logró pisar la acera de enfrente, como si un ángel  lo levantase del suelo para ayudarle en su trayectoria.
Pasado el trago amargo, vino el padre, que una vez teniendo al niño en la acera, lo golpeó en la cabeza por su estupidez; la madre reaccionó pidiendo
disculpas al conductor del auto, al que también le hubiese cambiado radicalmente la vida, y en cuyos ojos había lágrimas de nerviosismo y le temblaban las manos.
Una vez a salvo el niño, les adelantamos el paso; sólo queríamos salir de ahí y no volver a encontrarlos en el camino.

100 metros más adelante, rompí a llorar. La vida es tan frágil…

Sólo queríamos regresar al coche y salir de aquel lugar.

Cuenca es hermoso, pero asfixiante.


continuara...