Recoged a un perro muerto de hambre, engórdalo y no os morderá.
Esta es la diferencia más notable entre un perro y un hombre.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Viaje España 2013.2014



De España, tengo que decir que es como mi segunda patria, por múltiples razones, pero este viaje de las navidades de 2013-2014 tenía  un aire distinto.

Sería la tercera vez que visitaría España y, aunque en nuestros planes (de Antonio  y míos) estaba realizar este viaje ya como “espositos”,  al día de hoy seguimos de novios…  Eso si, comprometidos y felices por haber tenido esta oportunidad de tener una especie de luna de miel.

Así es cada viaje que realizamos juntos. Te quiero, Bicho.

28 de Diciembre de 2013.
Después de 10 horas de vuelo llegamos a Madrid. La odiosa terminal T4 nos espera, pero la llegada no es tan odiosa y tan triste como el regreso; siempre suele ser así.
El tren del conductor fantasma nos espera y nos encontramos ilusionados. Antonio, después de 6 meses, vuelve a casa (con un breve  intervalo de un mes) y yo tengo la ilusión de volver a ver Madrid.
Son casi las 3 de la tarde y hace un sol hermoso y, aunque es poco el frío, (comparado con lo que esperaba) de cualquier manera cala los huesos.
Mientras, vamos en el autobús en dirección a casa de los padres de Antonio, cerca de la calle de O’Donnell, nuestra parada. Miramos por la ventana el pueblo de Barajas y vamos por la M-40 respirando de ese aire que tiene Madrid.
Y aquí sí que aplica que una mexicana lo diga: Madrid, Madrid, Madrid…  en México se piensa mucho en ti.
Debo confesar que, después de dos viajes de turismo profundo por Madrid, en esta ocasión insistí y Antonio complaciente accedió (cómo lo es casi siempre que se encuentra relajado) en realizar un turismo diferente, pues entre mis nuevos intereses esta el comercio ecológico. Así que nos dimos a la tarea de visitar muchas tiendas orgánicas y mercados locales. No hay nada que me guste más, últimamente, que conocer los rituales del comercio local. Antonio me recuerda que se quedó prendado del cronista municipal de Querétaro el día que le expresó, en una frase, cómo se descubren las ciudades: “Primero visita el templo mayor, luego el mercado y, después, una cantina” (aquí son bares o cafeterías)

Fuimos al mercado de Las Ventas, el cual me dejo gratamente sorprendida por su limpieza y amplitud de pasillos, aún cuando muchos dicen que es de los más cutres.
La dinámica que se maneja dentro del mercado es totalmente distinta a lo que yo conocía: la gente, amablemente, espera su turno y las dependientas o marchantas andan a todo jaleo  poniendo los pedidos de muy buen humor.

Fuertes y torneados antebrazos de tanto despachar es lo que más abunda, y para mí era un paraíso: Fresas, frambuesas, grosellas, cerezas, persimón, zanahorias (con todo y hojitas), remolachas relucientes y pepinos, a simple vista recién cosechados (no pepinos alienígenos de 2 metros cómo los que, a veces, puedo encontrar en el súper). Y nada como ir revisando todo el mercado y haciendo memoria para encontrar el mejor precio en cada uno de sus puestos.

Carne, no tanta como la variedad de embutidos, pero son las pescaderías las que te dejan alucinada, aún estando en plena ciudad, alejada de las costas. Si eso era ahí, ya me estaba imaginando los mercados cercanos al mar.

Para nosotros los mexicanos, que conocemos al camarón como camarón y cualquiera que se le parezca lo es, en España, por el contrario, hay que aprender la diferencia entre camarones, gambas, carabineros, langostinos, cigalas y no sé cuantos más. Mientras que en  México hay que dejar el ojo empeñado por un buen trozo de salmón o bacalao, en España, prácticamente te lo regalan (si lo comparamos, claro está)
Todo me parecía interesante como experiencia cultural hasta que llegamos al puesto más fresco del mercado, donde las langostas están vivas en una pecera y los cangrejos mueven las pinzas y los ojos, luchando en el hielo y tratando de huir del destino que les espera.

Después de ver aquello, me eché para atrás y reflexioné en lo acostumbrados que estamos a mirar nuestro alimento, muerto o, ya con otra vista, listo para consumirse, aunque no significa que no haya tenido vida L
Me puse nerviosa y no quise seguir más. Recordé una promesa me que hice: “Jamás me comeré una langosta”

Persimones, grosellas, cerezas, zanahorias, apio, pepino, jengibre, limones y toronjas (que desaparecieron en algún sitio de nuestra bolsa) fue el resultado de la visita al mercado y mi desayuno de un par de días en forma de jugo.

La puerta de Alcalá, la Cibeles y la Puerta del Sol dejaron de brillar cuando apareció en la calle de Lista (creo, porque así la llamaban antes de ser José Ortega y Gasset) la frutería gourmet con berenjenas, calabacines, tomates de muchas especies y colores y mis favoritos: charolas de flores comestibles y anís estrella. También tenían unos aguacates increíblemente hermosos, aunque con pena debo decir (y quizá hasta con un dejo soberbio) que los españoles no saben hacer guacamole. ¿Por qué? Pues porque chiles fue lo único que nunca vi (fuera de una lata) y yo sé que no hay nada más triste para un mexicano en Europa que olvidarse del picante y el limón (no lima) Yo sin ellos, no  puedo vivir.

Así transcurrió esta vez Madrid para mí, envuelta en toda su majestuosidad, y me cobijó entre tiendas orgánicas donde venden algas kombu, una herbolaria con una amable doctora que supo recomendarme los probióticos adecuados para  superar mi indigestión posterior a la fiesta de la Nochevieja, tiendas tradicionales de frutos secos donde los kikos, avellanas, almendras y goji berries a granel, se convirtieron en parte de nuestros días; tés ayurvedicos, pasta de dientes sin flúor y pomada de caléndula para mi eccema nervioso posterior al viaje, después de que me robaron mis remedios y mis medicinas preventivas de la maleta (No soy hipocondríaca, sólo una virgo de viaje)

El día 1 de Enero partimos de Madrid rumbo a una aventura de más de 1,500 km., pero poco nos asustaba la distancia, cuando por más de tres años hemos roto la barrera de los 10,000 y un océano de por medio.
Era un día lluvioso y muy frío, triste para ser el primer día de año, pues en días pasados, aún amaneciendo a -2 grados, el sol brillaba, dando un poco de consuelo. Y, aunque no me gusta el calor demasiado, amo la luz del sol. Y Antonio también la ama: sino sale el sol se pone de malas… y es que a su novia le cuesta salir de la cama si no le cala la luz por la ventana… Quizá por eso, el primero de enero de 2014 todo se retrasó.
Dos horas más tarde de lo previsto, emprendimos el viaje rumbo a Alicante. Dejábamos un lluvioso Madrid con la ilusión de encontrar un clima más benévolo para los siguientes días de invierno y así fue.

Castilla-La Mancha nos esperaba, hasta llegar a la Comunidad Valenciana. Nuestra primera parada prevista era Cuenca y, aún con 2 horas de retraso, nos apegamos a nuestro programa de viaje.

CUENCA:

Recuerdo haber googleado los lugares que visitaríamos y Cuenca me pareció precioso, y vaya que lo es, pero aquella lluviosa primera tarde del año 2014 le daba un aire tétrico a la ciudad, perdida entre la niebla y sus murallas ancestrales.
Pero Cuenca es más que un estado climatológico: es una ciudad que te marca con en esa energía tan especial que tiene (y me dice Antonio que no conocimos la ”Ciudad encantada” ni la serranía en la que se refugiaron los maquis, los últimos resistentes al régimen franquista, donde todo se plaga de leyendas)

Sus calles, brutalmente estrechas, las casas colgadas, el Cristo perdido aquella tarde en la neblina,  las cuevas, el monasterio de las descalzas del siglo XVI, la catedral y alguna que otra iglesia derruida, abandonada al tiempo con algún santo roto en la portada, reducido a nido de palomas que te miran desafiantes…
Cuenca te hace retroceder y pensar si realmente quieres caminar entre alguno que otro callejón de imponente cuesta que marca el camino del vía crucis de Semana Santa o de serpenteantes formas que llevan a ningún lado.
Cuenca es medieval hasta los huesos y primitiva hasta la médula. No puedes evitar cerrar los ojos y pensar: “¿qué habrá pasado aquí?” Pero los abres de golpe cuando sientes el  sofoco que te provoca toda esa energía contenida en este impresionante lugar.
Así fue todo el trayecto hasta llegar a las ruinas del castillo del Siglo XIII.
Cuenca fue la ciudad más compleja del viaje, quieres estar ahí y temes estar ahí, más cuando la noche se viene encima.
Por el paseo nos encontramos con una familia, padre, madre, un bebe en el cochecito y dos hermanos: uno, de tal vez  10 años, y el siguiente de 8. La madre, un tiempo antes, al verme tomar una panorámica, me pidió que le hiciera una con su “móvil”. Asentí e hice la foto. Desde ese momento, el pequeño de 8 años me pareció muy inquieto y me quedó grabada su cara en la mente, porque, además, tenía una mirada especial. 

Hicimos el paseo prácticamente juntos, pues sin querer, seguían nuestro paso o nosotros el de ellos. De regreso al auto, caminábamos por la estrecha avenida principal de la ciudad antigua, que es de doble sentido: Nos volvimos a encontrar con la familia y seguimos sus pasos como si los escoltásemos involuntariamente.
El padre y el hijo mayor venían por nuestra acera, cuesta abajo, y la madre con el carrito del niño pequeño y el pequeño inquieto en la otra. No es que Cuenca estuviera muy transitada, en una lluviosa noche de Enero 1 de 2014, pero la madre esperó algo de tiempo hasta decidir cambiarse de acera con el cochecito del niño pequeño, y cuando encontró el momento preciso, lo hizo. Sin embargo, el  niño de la mirada inquieta no siguió los pasos de su madre, sino que se quedó al otro lado. Su pretexto era: “quiero mirar la entrada hacia las cuevas”

Con toda esa energía que había dejado Cuenca en mi corazón sólo me vino un pensamiento a la mente:
“Por favor, que no se le ocurra al niño cruzarse la calle”
Yo, desde la acera de enfrente, lo miraba fijamente y me repetía el mismo pensamiento…

“Por favor, que no se le ocurra al niño cruzarse la calle”

De pronto, cómo en un “slow motion”, miré que el niño volteó para mirar si no venía coche y soltó una carrera, pero olvidó, o desconocía, que la calle era doble sentido y nosotros, que veníamos en la acera del contrario al suyo, pudimos ver de frente al coche que lo embestiría.

La madre gritó histéricamente: “Noooo”, pero el niño estaba a más de media calle. Todo fue tan lento y tan rápido a la vez, que no me quedé pasmada nuevamente sin poder dar paso.
Mientras miraba la inminente trayectoria de colisión entre el niño y el auto, pensaba en lo que vendría después: recordaba su mirada, su inquietud por mirar la foto que le había tomado, pensaba que lo que era un simple paseo de un día festivo se convertiría en una tragedia; imaginaba nuestro viaje frustrado, socorriendo a aquella familia, y temía el tener que mirar al niño con los ojos inmóviles.

Todo ello fue en milésimas de segundo. Si acaso, un parpadeo congelado de mi estupor y el de Antonio, que prestaba más atención al estado de shock del conductor, cuando vimos que el coche logró frenar y el niño logró pisar la acera de enfrente, como si un ángel  lo levantase del suelo para ayudarle en su trayectoria.
Pasado el trago amargo, vino el padre, que una vez teniendo al niño en la acera, lo golpeó en la cabeza por su estupidez; la madre reaccionó pidiendo
disculpas al conductor del auto, al que también le hubiese cambiado radicalmente la vida, y en cuyos ojos había lágrimas de nerviosismo y le temblaban las manos.
Una vez a salvo el niño, les adelantamos el paso; sólo queríamos salir de ahí y no volver a encontrarlos en el camino.

100 metros más adelante, rompí a llorar. La vida es tan frágil…

Sólo queríamos regresar al coche y salir de aquel lugar.

Cuenca es hermoso, pero asfixiante.


continuara...